miércoles, 24 de noviembre de 2010

La noche en que la Quimera lloró.

Estaba en mi barco de ricos. Cientos de camarotes espaciosos y lujosos, varios salones enormes que debían ser dedicados a bailar, comedores, cocinas, tripulación bien educada y un número siempre insuficiente de bares de copas y cerveza.
Para la fiesta había sido engalonado con esmero al estilo barroco, tan cargado que deseaba vomitar allí mismo. Todo era dorado, rojo y blanco, colores que recordaban a la antigua Roma y su enorme imperio. La gente de la más alta alcurnia subía a ese barco como si del mismísimo Titanic se tratase, pavoneándose de la felicidad que les provocaba estar en la lista de los que podían subir a ese barco. "Ojalá se maree" pensé de la señora de los catorce centímetros de tacón y los veinte centímetros cúbicos de bótox, "seguro que no puede mover los labios y se monta una escenita cuando empiece a ahogarse en su esputo". "Qué maldad tienes", me recriminé, "nadie se marea en tu barco, es perfecto".
La cena comenzó. Políticos, personajes y otros idiotas comenzaron a comer en las mesas que se les había asignado, a unos por crear polémica y a otros por comodidad, depende de lo que hubiesen pagado por ello. Mi equipo de ingenieros y yo nos sentamos en una esquina, lejos. Desde allí se veía tensos al resto, y aquello me divertía, debía de ser por las cámaras que escrutaban para ver al Presidente comer las costillas con las manos, o a la Actriz atragantarse con el caviar. Sinceramente, hubiera preferido mil veces que no hubiese habido cámaras, así eso podría haber ocurrido... Vaya decepción...
Tras el postre comenzó la fiesta, los invitados cambiaron el vino por el champagne, y el cuarteto de cuerda comenzó a tocar. Yo comencé a beber whisky, al fin y al cabo lo iba a necesitar, mi única labor allí era sonreír y fingir que me alagaban las felicitaciones de gente muy inferior a mí pero con mucho más dinero y poder, al menos entre tanto podía soñar que hacía hundirse el barco y surfeaba sobre sus cuerpos inertes, el whisky seguro que haría ese sueño mucho más divertido.
La multitud hablaba entre ella y fingía sonreír de verdad, y las cámaras que lo grababan fingían que se lo creían. De vez en cuando se movían un poco y comentaban lo bien que interpretaba el cuarteto aquella obra cuyo nombre tenían en la punta de la lengua. Unos y otros peleaban por llamar la atención, por ser al que más cámaras siguen...
La noche pasaba al mismo ritmo que bajaba el alcohol por mi garganta, allí dentro el tiempo era marcado por la música y los arrítmicos pasos de los invitados...
Hasta el momento en el que se apagaron las cámaras. Entonces los invitados cambiaron, el Presidente se convirtió en Lagartija, la Actriz en Puma, el Actor en León, las Grupies en Gallinas, el Propietario en Elefante y los Ingenieros en Gorriones que volaban.
Me miré, quería comprobar si seguía siendo una persona y el veneno de la libertad no me había convertido a mí también.... Todo en su sitio, parece...
Tras la drástica transformación el cuarteto dejó de serlo quedando únicamente el violinista, que tocaba un vals a cuyo ritmo bailaban los invitados...
Un, dos, tres. Un, dos, tres...
Los invitados daban paso a sus instintos, el voto de silencio no formulado entre ellos hacían que se ocupasen de saciarse, el Puma arañaba al León, al que las Gallinas acechaban, el Elefante se hacía notar, las Cobras ofrecían veneno a los sedientos Dromedarios, que a su vez caían en la trampa con gusto. Al parecer me habían incluido en el voto de silencio...
Un, dos, tres. Un, dos, tres...
Se me acercó el Tigre, sostenía un cigarro en la boca, me ofreció una calada, "¿Por qué no?", pensé, "Las cámaras ya no graban". Al rato empezamos a mantener una conversación. Sus sonidos guturales y ronroneos hacían armonía con mi voz, y formaban una melodía complementaria al vals, me gustaba esa conversación...
Un, dos, tres. Un, dos, tres...
Pronto empezó nuestro baile, yo volaba sobre su lomo, sin posarme, no fuese a asustarle, Tigre saltaba y corría sinuosamente entre el resto de los animales sin perderme de vista ni dejar que yo le perdiera...
Un, dos, tres. Un, dos, tres...
El violinista seguía con su canción. Sus ojos brillaban de poder y su sonrisa demostraba lo mucho que le encantaba dirigir nuestro baile, y el de todos los demás.
Un, dos, tres. Un, dos, tres...
La música comenzó a exigir que nos acercásemos cada vez más. El contacto era inevitable e inminente. Inevitable porque nadie quería evitarlo e inminente porque queríamos llegar a él antes de despertar.
Un, dos, tres. Un, dos, tres...
Nos juntamos y comenzamos a unirnos, sus besos eran mordiscos; sus caricias, arañazos; y mi sangre era su sexo... Mis picotazos eran besos, y mis alas nos llevaban de un lado a otro de nuestro propio cielo...
Un, dos, tres. Un, dos, tres...
Cuando terminamos miré a mi alrededor, las cámaras seguían apagadas y los animales, absortos en sus propios instintos, no nos miraban. El violinista sí, y el poder desbordaba sus pupilas al haberme convertido a mí también. Pero aquello ya no importaba, pues yo ya no pensaba, formaba parte de ellos.
Un, dos, tres. Un, dos, tres. Silencio...
La música paró, los animales volvieron a ser los invitados. Todos nos miramos con complicidad. Todos éramos iguales, por mucho que me odiase por ello debía admitirlo.
Aquella noche mi Diablo bailó con sus Demonios al son de la canción del Violinista, y la Quimera de mi vida lloró desconsolada.


Para Raquel. : )

6 comentarios: